Cecilia Freire: “Nos preparan más para el fracaso que para el éxito”

Cecilia Freire: “Nos preparan más para el fracaso que para el éxito”

Desde que tengo uso de razón quería ser actor, pero no sabía qué había que hacer para convertirme en uno. Hace ahora diez años fui a un cine, ya desaparecido como tantos otros, a ver una película donde un grupo de jóvenes luchaban por su sueño de querer ser actores en una conocida escuela de interpretación de Madrid. Aquel filme me dio la clave para coger las maletas y poner rumbo a un sueño. La película se titulaba Sin Vergüenza, y Cecilia Freire era una de sus protagonistas. Muchos años después, coincidí con Cecilia en un camerino (ella estaba recogiendo sus cosas porque acababa su función y yo empezaba la mía). En aquel momento no me atreví a decirle que el que fuera su primer trabajo determinó, en parte, mi futuro. Así que hoy me confieso y, al mismo tiempo, descubro a la persona y a una de las actrices más interesantes del panorama actual. Y si no me creen, lean esta entrevista y juzguen ustedes mismos.

 

Ángel Caballero: Sin Vergüenza fue un referente para toda una generación de actores. Durante el rodaje, ¿Erais conscientes de lo importante que sería esa película en la vida de muchas personas?

Cecilia Freire: Afortunadamente, no. (Risas) Yo creo que si hubiera tenido eso presente, por lo menos a mí, el miedo me habría paralizado. Esto es algo que también me ha ocurrido con alguna otra serie que he hecho… Si pienso que me van a ver no se cuantos mil espectadores, me muero. (Risas) Por eso siempre intento trabajar para mí. Sé que puede sonar como una cosa un poco idealizada, pero es que yo lo que procuro es ser honesta, franca con mi trabajo, y buscar cosas nuevas. Es casi como si compitiera conmigo misma, sin ser demasiado severa ni demasiado permisiva. Eso sí, una vez está hecho el trabajo, como a todo el mundo, por supuesto que me gusta escuchar este tipo de cosas.

 

 

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A.C: ¿Cómo surgió la posibilidad de hacer esta película? Porque muchos de los actores erais alumnos de la escuela de Cristina Rota…

C.F: El director, Joaquín Oristrell, estaba viniendo a ver clases y haciendo pruebas a algunos actores, pero yo nunca me enteré de eso. Cuando acabó el curso me pidieron que hiciera una grabación en video, como registro de las muestras de fin de curso para la escuela. La noche anterior a la grabación hicimos una fiesta en mi casa, así que fui habiendo dormido sólo quince minutos. Cuando llegué allí Cristina me dijo: “¡Grita!, llora…”. Yo grité, lloré… e hice todo lo que ella me pidió. A la salida me dijeron: “Acabas de hacer la prueba para una película”. Y la verdad es que me encantó el hecho de no saberlo. Luego, cuando me llamaron, pensaba que era para hacer una figuración y mi sorpresa fue cuando me dijeron: “Toma, éste es tu guión. Tu personaje es Lara”. Fue como haber ganado la lotería… el sueño de mi vida. Y el primer día que fui a trabajar, que rodaba una escena en la que paseaba a los perros, no dormí nada. Era como una niña en la noche de reyes.

A.C: En aquel momento también participabas en la Katarsis del tomatazo. ¿Cómo recuerdas aquella época?

C.F: Para mi, fueron tiempos muy salvajes, porque era como una exploración continua. Recuerdo, en la Katarsis, ese primer chute del teatro, que tiene una mezcla de subidón de adrenalina y “¡quiero salir de aquí corriendo!”. Nunca me había sentido tan presente, tan viva… y, al mismo tiempo, me quería morir. Ahí también descubrí que el teatro te da una soledad muy positiva, porque en la calle eres la hermana de, la hija de, la novia de… pero en el teatro es, casi, como si te tuvieras que defender partiendo de cero. Estás sola ante un público al que no le puedes decir: “Lo siento mucho. Os juro que la función de ayer fue muy buena”. Ahí todo empieza y acaba en esa misma noche y, a mí, ese reto continuo me pone muchísimo. Todo aquello fue un poco hardcore y, tampoco nos engañemos, mucha gente va a la Katarsis a tirar tomates, así que no te queda otra que crecerte ante la adversidad, y si te caes tienes que levantarte y volver a resurgir.

A.C: En la Katarsis, como en otro tipo de función más convencional, nunca sabes lo que va a ocurrir… ¿Alguna anécdota que recuerdes con especial cariño?

C.F: A mi me gustaba mucho retarme probando los personajes con el público antes de que entraran en la sala. Una vez, en la que estaba trabajando una prostituta, se me acercó un hombre y me dijo: ¿Cuánto? Yo le di un precio y él contestó: “Vale”. (Risas) En aquel momento, tenía diecisiete años y no sé ni cómo salí de aquello…

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A.C: ¿Qué sientes cuando vuelves ahora a la escuela y ves carteles de trabajos tuyos colgados en el bar, o la biznaga que ganó Sin Vergüenza en el Festival de Málaga?

C.F: Siento que ha pasado mucho tiempo. Es como si fuera algo que le pasó a mi hermana pequeña. Me parece todo tan remoto, y yo siento que he cambiado tanto… Siempre, en la trayectoria de una actriz, hay momentos de paro, de reinvención, de miedo, de dudas… y esas cosas te hacen madurar. Ha pasado una vida desde entonces, pero sigo sintiendo mucho cariño y ternura por aquella época.

A.C: Tu primer trabajo en televisión, al igual que en cine, fue junto a Verónica Forqué…

C.F: Sí, recuerdo que estaba en Ibiza y me llamó su marido, Iborra, y me dijo: “Tenemos un personaje episódico para ti en una serie”. Así que hice las maletas y para allá que fui. Yo no tenía ni representante, ni nada…

A.C: Tu carrera está siendo una carrera de fondo…

C.F: Siempre digo que soy una hormiguita trabajadora y creo que nunca me voy a poner de moda, ni quiero, siempre y cuando pueda mantenerme en el tiempo. Sin demasiada vida pública, ni demasiados brillos… prefiero algo más constante. Pienso que, cuando te haces muy conocido, es más difícil encarnar a una persona de verdad, porque acabas siendo tal actriz “haciendo de”.

 

 

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A.C: ¿Crees que la sobreexposición en redes sociales que estamos viviendo puede dañar la carrera de un actor?

C.F: A mi es que me interesa mucho desaparecer, por esto que te comentaba. No tengo redes sociales, sólo el Facebook de mi compañía de teatro. Hace poco, en la rueda de prensa de Velvet, me preguntaron: ¿Estás casada? ¿Tienes hijos? Y pensé: Qué bien lo estoy haciendo, porque no lo saben… (Risas). Yo creo que haciéndolo así puedes encarnar muchísimos más personajes y, para mí, consiste en eso.

A.C: Una gran parte del trabajo que enseñan a los actores en Cristina Rota es a improvisar… Y a nadie le ha venido mejor que a los actores que pasasteis por la serie Impares. (Risas)

C.F: Bueno, también he de decir que hice un curso de improvisación muy interesante en Asura, que es como si fuera un ring de boxeo en el que te enfrentas a otro equipo improvisando con distintas modalidades. Y también he hecho mucha impro con los Jamming, que son maravillosos. Para mí, la improvisación está muy bien en un proceso inicial, para aproximarte al personaje y sus circunstancias sin una atadura. Pero luego, yo respeto mucho el texto que me escriben y siempre intento ser fiel a él, porque creo que cuando me quiero escaquear es por mis limitaciones como actriz y no por una elección del personaje. Es una parcela interesante, pero también hacer verso es muy importante, leer literatura de ésta y otras épocas…

A.C: Me da la impresión de que eres de las mías. De los que piensan que el actor nunca deja de formarse.

C.F: Has acertado (Risas). Yo lo veo como una cosa fuera de cuestión. Porque si en todas las profesiones del mundo te tienes que formar, ¿Por qué en la nuestra no? Me indigna que se pueda pensar eso. Creo que hay que formarse, procurar ser una enciclopedia andante y poder hablar de Sófocles, Strindberg, Miller, Willliams, Lorca… Para mí, es ya como un bagaje personal; poder estar en una entrevista y estar segura y confiada porque sientes que eres una persona preparada y que has hecho tu trabajo. Creo que si me dedico a la cultura, me tiene que interesar la cultura y tengo que ser una persona culta. Mientras más te formes, más versátil serás como actor y más interesante serás como persona.

 

 

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A.C: Podemos aportar tanto a los personajes con esa maleta de aprendizaje que cada uno lleva consigo…

C.F: E, incluso, puedes decidir no utilizarlo… Pero tú tienes que ser el maestro de tu arte. Esto no es como un caballo que te conduce donde quiere de una manera loca. Tú estás cabalgando y tú decides hacia a dónde lo quieres llevar. Para un actor, es tan importante conocer la técnica, como para un violinista tener una partitura.

A.C: Pero no todo está en los libros. Las vivencias también son importantes en la carrera de un actor. Me habían dicho eras “muy macarra” y “muy de Malasaña” y por eso he querido traerte a El Penta, uno de los locales más importantes de la movida madrileña y uno de mis favoritos.

C.F: Sí, fueron aquellos años de juventud y transformación, que además coincidió con la entrada en la Rota, en la que llevaba el pelo azul, verde, rosa, morado… (Risas). En la escuela trabajábamos con el método y a mi me daba mucho palo, porque decía: “¿Qué hago? Pero si yo no he vivido nada, porque tengo catorce años. Si solo puedo hablar de mi canario muerto” (Risas) Así que decidí que iba a vivir mucho y fue aquella época de decir en casa que te quedabas en un sitio a dormir cuando, en realidad, estabas en otro, de salir con los colegas… y Malasaña fue la pieza clave. De hecho hay un sitio en la calle Velarde que todavía tiene que tener la forma de mi trasero. (Risas)

A.C: Pasaron unos años y entraste en una serie como Física o Química, que te aportó una enorme fama mediática. ¿Cómo lo viviste?

C.F: Con el tiempo, me he dado cuenta de que la gente se acerca a ti como se acercaría al personaje que interpretas. Si es un personaje frágil, como pasaba en Física, se acercaban de un modo un poco invasivo. Aunque también es cierto que había muchas otras personas que venían y te decían: “Ojalá hubiera tenido una profesora como tú…”, y eso es muy bonito. Como actor, te preparas más para el fracaso que para el éxito. Al final, no queda otra que superarlo e incorporarlo como algo normal. Entras en una habitación y la gente te mira, te piden fotos… Bueno, pues eso es lo que te toca ahora. No voy a ir en contra, no me voy a poner unas gafas de sol, ni me voy a disfrazar. Sigo viajando en metro y si alguien se quiere hacer una foto conmigo, pues me la hago. Y si tengo un mal día, también intento decirlo con toda educación y lo suelen entender. Creo que lo importante es tomarlo todo con naturalidad.

 

 

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A.C: Es curioso, nunca me lo había planteado así, pero tienes razón: Por lo general, nos suelen entrenar para los fracasos, pero no para los éxitos.

C.F: Sí, y es una pena porque creo que, a veces, eso es lo que hace que algunos actores se queden por el camino. Es como el presagio del apocalipsis y no es verdad, te puede ir bien. Siempre van a elegir a un actor, pues ese puedes ser tú… ¿Por qué no? Yo siempre creo mucho en lo positivo y pienso que, al final, eso también se proyecta. Y voy a un casting e intento dejarme ahí las entrañas, como si fuera el último, porque solo hay una vida… pues a muerte con ella. Creo que en la vida, como en la actuación, no puede haber medias tintas: tienes que ser apasionado con lo que haces.

A.C: He leído que dejaste Física o Química para poder continuar con la función Luz de gas.

C.F: Sí, entre otras cosas. Para mí, llegó un momento en el que quería conectar con otra parte de la interpretación que, en aquel momento, sentía que estaba perdiendo, por decirlo de alguna manera. Es un poco como el amor: cuando ya no sientes el entusiasmo que sentías por lo que estás haciendo, creo que es hora de marcharse. Por ahora, nunca he trabajado por dinero. Es como si hubiera algo sagrado en lo que hacemos y, hasta el momento, he podido ser fiel a lo que sentía.

A.C: Pero también es importante tener una buena estabilidad económica, como la que te puede aportar una serie de televisión. Además, ese trabajo también te puede llevar a otro…

C.F: Pero es que yo no me hice actriz para tener una estabilidad económica. Yo quería actuar y, por lo general, los actores no somos gente que pueda comprarse casas… pero es parte del pack y hay que aceptarlo, con todo lo que conlleva. Y siempre he pensado que se abren más posibilidades a medida que te vuelves más personal en tu carrera. Es una cuestión de apostar por algo y arriesgarse.

A.C: Otra opción es desarrollar tu propio proyecto, como tú también has hecho en lo que ahora se conoce como teatro off.

C.F: Es algo que me encanta. ¡Si yo soy la reina del off! (Risas) Lo triste no es que aquí con el teatro independiente no ganes dinero, es que lo pierdes. Yo no necesito mucho y a mi me encanta el cine y el teatro independiente… la lastima es que sea tan precario.

A.C: Pero parece que ahora estamos viviendo un buen momento para las salas alternativas que, poco a poco, vuelven a estar en auge.

C.F: Sí, tienen su público y, como dices, cada vez es mayor. Lo que ocurre es que, a lo mejor, no es un público tan mayoritario. No se mueve tanto dinero, porque las entradas no son tan caras, el aforo suele ser limitado, no suele haber una inversión en publicidad… Pero es cierto que hay una especie de corriente subterránea de gente fiel a ese tipo de teatro y hasta a las salas, como La casa de la portera.

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A.C: ¿Qué se siente estando en una serie como Velvet, con nivel de producción y esa factura?

C.F: Es una pasada. Hay un componente muy importante en nuestro trabajo, que es la belleza. La luz, los colores, el atrezzo, la peluquería, el maquillaje…y lo hacen tan bien, y tan hermoso, que sólo con eso tu trabajo ya ha ganado en un setenta y cinco por ciento. Esto, al fin y al cabo, es como creerte un sueño, por eso es muy importante la factura, y que cuando veas la serie no parezca todo cartón piedra. Y luego, la suerte de poder estar trabajando con compañeros como Sacristán, que estás muy bien abrazada.

A.C: ¿Cómo es eso de llegar al set y ponerte delante de un actor como José Sacristán?

C.F: Para empezar, a él le gusta que le llamen Pepe, así que ya te puedes imaginar qué tipo de hombre es… Tiene la mirada de un niño y la sabiduría de alguien que lleva toda la vida trabajando, pero sin dejar de ser una persona muy sencilla. Le encanta bromear contigo y nunca te mira por encima del hombro. Nunca se sienta, siempre lo ves andando por los pasillos, con la puerta de su camerino siempre abierta… Es aprender de un sabio.

A.C: Un descubrimiento y un reencuentro, porque con Marta Hazas ya habías coincidido en la escuela, ¿No?

C.F: Nos conocíamos de cruzarnos en el patio, que ya sabes que, al final, ahí siempre se hace un poco de pandilla. Pero, al no estar en la misma clase, tampoco teníamos mucha relación. Pero luego sí coincidimos trabajando en Impares, donde hacíamos una escena lésbica en la que nos gustábamos. Trabajar con Marta es un gusto, porque, al venir de un mismo sitio, es como que compartes un mismo código. Hay muchas cosas que no tienes ni que explicar, nos entendemos muy bien y nos acompañamos en el proceso.

A.C: En la serie tu personaje tiene una gran tensión sexual no resuelta con el que interpreta Adrián Lastra. Quiero que me expliques, para la gente que no se dedica a esta profesión, cómo vivimos los actores la llegada de cada nuevo guión, donde vas descubriendo cómo va a avanzar tu trama.

C.F: Yo entiendo que los guionistas nos lo pongan difícil porque, en realidad, una pareja feliz no tiene mucho recorrido. Así que ahí están los obstáculos, las dificultades para llegar a ese beso que todavía no nos hemos dado nunca, porque primero lo besé yo a él, luego él a mi… Y, claro, como actriz hay una parte de mi que, según voy leyendo, piensa: “¡Yo quiero estar con Pedro ya! Y casarnos… Y tener hijos…” (Risas) Espero que lleguemos, pero antes hay un camino que recorrer.

 

 

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A.C: ¿Cómo compones un personaje que está tan marcado por una época concreta como son los años 50?

C.F: Últimamente me divierte mucho componer la fisicalidad del personaje y trabajar de fuera hacia dentro. Por ejemplo, preparo mucho la forma de moverse que, para este personaje en concreto, busqué en un animal que no te voy a decir cual es. (Risas) También me ayudo de externos, como las gafas, que fueron una propuesta mía que yo llevé al casting. Y, luego, me gusta mucho Shirley McLaine, porque tiene una comedia triste (alguien con mucha gracia, pero infinitamente melancólica) que es algo que a mi me fascina. Y, como me encanta combinar el drama y la comedia, me vi todas sus películas para el casting para coger algo de ella, que tampoco te quiero decir para no desvelar el truco. Y, por último, hago mucho trabajo de mesa para preparar circunstancias, objetivos, obstáculos, relación con los personajes, punto de vista, actitud y urgencia de cada una de las escenas. Y después, cuando voy a actuar, intento ir con la mente muy abierta, por si el director quiere cambiar algo de lo que llevo, e intentando dejar mucho espacio a lo que propone el otro actor para poder jugar con eso e interactuar con lo que me da.

A.C: ¿Qué personaje te gustaría que te ofrecieran en un futuro?

C.F: Lady Macbeth. Mataría por hacer ese rollo que tiene de manipulación… La verdad es que te suelen dar personajes a raíz de otros que ya han visto tuyos. Esto es muy normal y yo lo entiendo… Pero es que eres más cosas. Puedes teñirte el pelo, ponerte lentillas, andar de otro modo, hablar de otra manera… Me encantaría que me dieran la oportunidad de hacer algo más extremo, como una loca.

A.C: Pues, mientras llega ese personaje, yo me quedo con la oportunidad y el buen sabor que me ha dejado haberte conocido. Ha sido un verdadero placer, Cecilia.

 

TEXTO: ÁNGEL CABALLERO

FOTOGRAFÍA: CARLOS DAFONTE

AGRADECIMIENTOS: EL PENTA, JAIME PALACIOS

 

 

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