Fernando Andina: “Aunque tuviera cien millones en el banco, mañana me levantaba y me iba a trabajar”

Fernando Andina: “Aunque tuviera cien millones en el banco, mañana me levantaba y me iba a trabajar”

En la vida, hay personas con las que nunca te cansas de charlar, de escucharlos y de aprender de ellos. Eso es justo lo que me sucede a mí con Fernando Andina. Y qué mejor excusa para ello que la de ir a conocer Greener (C/ Padre Claret 3), el restaurante de moda de Madrid, del que él es socio.

 

 

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Ángel Caballero: Recuerdo un día en el que estabas contándome tus experiencias, cuando con 18 años te fuiste a Cleveland, y me dijiste: “¿Por qué no me preguntaste por todo esto en aquella entrevista que me hiciste?”. No lo hice porque en aquel momento no encontré nada que hiciera referencia a esa etapa de tu vida. Hace unos días volví a buscar… y tampoco di con nada. ¿Me lo contarías ahora?

Fernando Andina: Claro que sí. Yo me fui a Méjico, porque destinaron allí a mi padre por trabajo. No me convalidaban el COU, así que me marché a Estados Unidos. Mi padre no me quería enviar sólo a España porque yo era un desastre, me habían echado de ocho colegios y él pensó: “éste en España me la lía parda”. Así que me fui a un pueblecito de Estados Unidos y fue allí donde empecé a hacer teatro. Mi maestra de arte dramático, que velaba mucho por mi carrera y confiaba bastante en mí como actor, me sugirió que la base (ella era muy de Strasberg y del método) la estudiara en mi idioma y que luego volviera. Nunca regresé. Acabé aquí, en el Laboratorio de William Layton, y a los pocos meses entré en Al salir de clase. Y te confieso que siempre se me ha quedado esa espinita clavada. Es cierto que alguna vez pensé en volver, aunque fuera un año, a los Estados Unidos, pero o no pude por trabajo, o me faltó el coraje.

A.C: He visto fotos tuyas de aquella época, imitando mucho a Brando… (Risas)

F.A: Es que en Estados Unidos era un semidios. Y, para mí, mi ídolo. Y eso que no lo conocí hasta los 18 años… Bueno, sabía quién era, que había sido el padre de Superman, El Padrino… y poco más. Fue a raíz de ir a Estados Unidos cuando lo descubrí y empecé a ver las películas de Elia Kazan. Allí los estudiantes de arte dramático tenían sus ídolos, como Pacino o Daniel Day-Lewis, con los que empapelaban sus dormitorios. Y en aquél sitio y a esa edad, como tantos otros, yo quería ser Brando.

A.C: ¿Qué queda hoy de aquellos años, de ese Brando que querías ser…?

F.A: El amor al oficio, el compromiso con las cosas en las que creo y, a base de yo crecer y hacerme más mayor, bajar un poco a Brando a la tierra. A él y todos los que he admirado. A base de leer sus memorias, biografías, ver trabajos… fui dándome cuenta del talento que tenía, pero también de lo que sufrió y de sus muchas inseguridades. Hoy no me cambiaría por él, porque antes solo veía al genio y ahora soy capaz de ver al hombre.

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A.C: ¿A quién admiras ahora?

F.A: A los actores y a las actrices españolas que han hecho carrera. Yo estuve quince años sin parar de trabajar y ahora llevo un par de ellos en los que siguen saliendo cositas, pero no al ritmo de antes. Creo que he madurado más en estos dos años que en todos los anteriores juntos. Ahora que me ha tocado probar los sinsabores de la profesión, idolatro a estos actores de setenta años, que han pasado sus malas rachas, pero que siguen luchando y estando al pie del cañón. Hago reverencias a estas personas, con los que coincido trabajando o viéndoles en un escenario, porque me parece una carrera tan difícil y tan dura que, para mí, son héroes.

A.C: ¿Como actor, aprendiste más durante la época en las escuelas de interpretación o en Al salir de clase, tu primer trabajo?

F.A: Infinitamente más en Al salir. Me dio rigor, oficio, profesionalidad, amor a mi trabajo; aprendí a ejercitar la memoria y muchas más cosas. Yo era muy díscolo y, desde los once años, no aguantaba más de dos años seguidos en un mismo colegio, de cuatro países distintos. Vamos, que era un bala perdida. (Risas) En el Laboratorio de Layton eran muy exigentes y yo creo dijeron: “al chulito este, que viene de Estados Unidos, le vamos dar collejas hasta que baje a la tierra”. Y lo hicieron muy bien, porque me dio humildad y aprendí la técnica (el famoso “de dónde vengo, a donde voy”, circunstancias, relación emocional…). Todo eso, durante los años de escuela, me vino muy bien, pero entrar en una serie a hacer ocho secuencias al día fue la mejor de las escuelas. Porque yo quería ser muy orgánico, pero lo era tanto que me pasaba, y el resultado era muy teatral y sufrido. Sólo me preocupaba de la emoción y no de lo que proyectaba. Uno puede ser muy orgánico, pero si lo que se ve no interesa, es que algo no funciona. Entré en la serie por tres meses y recuerdo un día, en la segunda semana de emisión, llorándole desconsoladamente a mi hermana pequeña, diciéndole: “me van a echar, yo no llego ni a los tres meses y no sé qué va a ser de mi vida”. Acabé estando dos años en la serie y después siete en El Comisario, donde pasaban muchos personajes capitulares, muchos de ellos muy jóvenes y se agobiaban y sufrían. Yo les decía: “tranquilos, es normal”, porque esto es un oficio que se aprende con el tiempo. La suerte que tuvimos esa generación que pasamos por Al salir de clase fue enorme.

A.C: Aquella serie tenía actuaciones de grandes músicos, nacionales e internacionales. ¿Cómo fue conocer a estrellas del calibre de Bon Jovi?

F.A: De Jon Bon Jovi me alucinó su energía. Y no te hablo de que fuera simpático, porque había mucha gente muy simpática y educada. Yo compré mi primer disco de Bon Jovi cuando estaba interno en Inglaterra, con doce años, y quién me iba a decir que diez años después iba a poder tenerlo delante en la sala vip de la serie, que se acondicionaba como camerino para ellos. Me sorprendió tanto que, mientras tú estás temblando, él estaba diciéndome: “Bueno, cuéntame… ¿Cuánto llevas en la serie? ¿Qué hace tu personaje? Ah, ¿que el bar es tuyo? Pues ligarás mucho, pero cuidado no les presentes a Richie (Sambora) que te las quita todas”. Una persona, que ni conocería la serie, pero mucho más interesado en ti que en cualquier cosa que estuviera pasando en ese momento. Luego, cuando he conocido a alguien, tanto en la música como en la interpretación, que está un poco “subido”, me he acordado de aquello. Muchas veces, cuanto más grandes, más humildes son. Recuerdo que por aquél entonces, con mis sueños de grandeza, yo decía: “Si algún día yo llego a…”. Y, hoy en día, a una micro escala, puedo decir, orgulloso de mí, que nunca he negado una foto, un autógrafo o una sonrisa a quien se ha acercado. Sólo en una ocasión: estaba en mitad de una discusión muy fuerte con mi ex novia en la calle, y, de pronto, me interrumpió una chica para ¡pedirme una foto! Ha sido la única vez que le dije: “¿Pero es que no ves que estamos discutiendo y que no es el momento?”.

A.C: Háblame de Greener, tu restaurante, tu nueva aventura. Que ahora, además de actor, eres empresario.

F.A: Bueno, empresario es el que tiene una empresa… Yo prefiero decir que soy socio de un negocio. Que es, en realidad, lo que soy. Había tenido oportunidades de meterme en varios negocios, pero no lo hice porque muchas veces uno tiene miedo a diversificar y piensas que si lo haces puedes perder energía para otra cosa. Yo era cerril y no paraba de repetirme: “soy actor”, pero ahora que llevo seis meses, más los cuatro de reforma y acondicionamiento, metido en esto, he comprendido que no se puede enfocar la vida siendo sólo una cosa. Yo soy actor, sí, pero también puedo dedicarme a otras cosas. Un buen ejemplo de ello me lo estás dando tú, haciéndome ahora una entrevista. Lo que yo no quiero es ser un tipo que se pasa la vida mirando el móvil, esperando a que suene con una buena oferta profesional. Eso me consume, y yo soy alguien con demasiada energía, con demasiadas ganas de sacar cosas adelante. Aquí, en el restaurante, somos como una compañía teatral en la que tenemos que unirnos todos los que formamos parte de ella para hacer un buen trabajo. No hay aplausos, pero hay propinas y la satisfacción de ver cómo la gente la vuelve.

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A.C: También te compraste una casa en Cantabria para reformarla…

F.A: Si, bueno, es una cabaña. Allí eso se entiende como una casa de piedra, que ha sido habitada. En la mía, a día de hoy, aún hay vacas. La compré hace cinco años y me arruiné. Estaba acostumbrado a ganar dinero y dije: “la compro y cuando tenga pasta de nuevo, que será en seis meses, la arreglo”. Esa situación nunca se ha dado… y cuando, finalmente he reunido un dinero, he tenido que elegir: Greener o cabaña. Lo de la cabaña me apetece mucho y es algo que espero poder hacer algún día, porque es donde mis abuelos hicieron una casa y yo he pasado allí muchos veranos. Es un sueño que espero que se cumpla algún día, y que tú la conozcas.

A.C: Antes de que la reformes y que me invites a comer allí, necesito saber cómo se te da la cocina. (Risas)

F.A: Me encanta la cocina, aunque te reconozco que desde que me compré la Thermomix cocino poco. (Risas) Aquí les doy mucho la brasa con la comida y estoy muy involucrado en la creación de los platos. A veces me cuelo en la cocina para ver cómo preparan algunas cosas, porque es algo que me apasiona. Además, me encanta reunir a gente en casa y darles de comer o de cenar. Cuando organizo una cena para doce o catorce personas, dedico todo el día a prepararla. Me voy a las nueve al mercado, luego al súper, por si me falta cualquier tontería; plancho las servilletas de tela, pongo la mesa… y cocino primero, segundo y postre yo solo para ellos, sin ninguna ayuda. Y esos días, para mí, son siempre súper felices.

A.C: Eres una persona muy detallista…

F.A: No sabes cuánto. Es algo que mis cuatro hermanos y yo hemos heredado de mi madre. En el restaurante, cuando paso por las mesas y veo que un plato no está perfectamente alineado, lo coloco. En la vida soy un poco más relajado, pero con estas cosas me gusta ser así. Creo que detrás de una comida tiene que haber un ritual y un cariño. En este restaurante, que no es de lujo, que hay platos por diez euros y se puede cenar perfectamente por veinte euros, me gusta que la gente se lleve el mejor de los servicios.

A.C: ¿Eres más de dulce o de salado?

F.A: Salado. Me gusta el dulce, pero muy poco.

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A.C: Mirando la carta es imposible decidir qué pedir. Todo tiene una pinta exquisita. ¿Cuál es tu plato favorito, el “plato Fernando Andina”?

F.A: Las gyozas y el pez mantequilla. Son dos platos orientales, muy sanos, engordan poco y están muy bien de precio. Me los como con la conciencia tranquila, de bolsillo y de tripa, y me encantan.

A.C: ¿Cómo se cocina un buen personaje?

F.A: Sin prejuicios.

A.C: Últimamente te hemos podido ver en teatro, en un registro en el que no estábamos acostumbrados a verte, la comedia.

F.A: Yo a Nacho López le debo el haber confiado en mí para esta función (Una historia de amor y miedo) y para sus microteatros. Somos muy buenos amigos, hemos vivido juntos durante cuatro años y ambos somos muy payasos. Cuando me llamó para hacer una comedia en Microteatro, la gente le decía: “¿Cómo le ofreces esto a Andina? ¡Estás loco! Si Andina es el galán, el pijo, el de los personajes seguros de sí mismos”. Y la verdad es que ese tipo de papeles son los que me han dado de comer todo este tiempo. Así que el que te encasillen en algo, en algunos aspectos, está muy bien, porque yo ahora he podido meterme en un negocio gracias a eso. Pero hasta el año pasado en mi vida había hecho un casting de comedia. España ha avanzado mucho en algunas cosas, a nivel interpretación, pero estamos a años luz de otros, como los anglosajones, que no estereotipan ni etiquetan. Yo espero que algún día dejen de tener miedo y empiecen a arriesgar más y confiar en que los actores, con ayuda de vestuario, maquillaje y peluquería, pueden hacer cosas que nos pueden sorprender. Nos encierran en parcelas y sólo si pegas un pelotazo muy grande, te puedes permitir el lujo de elegir el personaje que quieras hacer.

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A.C: Hace poco, cuando ibas a empezar tu colaboración en Vive Cantando, comentaste que, después de tantos años en este oficio, te seguías poniendo nervioso antes de empezar a grabar.

F.A: Es que no hay nada como un plató. Ese primer día de grabación no pude dormir ni un segundo, de los nervios que tenía. Al segundo me ocurrió igual, y al tercero… El cuarto ya pude dormir un par de horas (Risas). He hecho miles de secuencias, sin exagerarte, y antes de escuchar el “cinco y acción” notaba que se me salía el corazón por la boca. Esta profesión tiene algo único… El otro día, en una cena en casa en la que éramos varios actores, hablábamos sobre qué haríamos si nos tocara cien millones de euros en la lotería. Todos los que no eran actores dijeron: “Yo no vuelvo a trabajar en la vida”. Al día siguiente me recogían a las cinco de la mañana para ir a grabar Vive Cantando, y yo te juro que pensaba: “Aunque tuviera cien millones en el banco ahora mismo, mañana me levantaba y me iba a trabajar”, porque no hay nada en este mundo que me guste más que actuar. Nunca he sido más feliz que llegando a una sala de maquillaje a las siete de la mañana o esperando hasta cinco horas entre secuencia y secuencia. Esto es algo adictivo y maravilloso, pero sólo lo sabemos los que lo hemos probado.

A.C: Te diste a conocer en una serie generacional y, después, has trabajado en otras series, como Física o Química o Vive Cantando, en las que te ha tocado trabajar con las nuevas generaciones de actores que vienen detrás de ti. En cierto modo, es como pasar el relevo, ¿no?

F.A: Es el ciclo de la vida. En Física fui el director del colegio, y recuerdo que veía tantas similitudes en los chavales con los de “mi” generación, aunque eran un poco más jóvenes, que decía: “Es que soy yo hace no sé cuántos años…”. También recuerdo que pensaba en algo que me decían a mí actores más mayores que estaban en “Al salir…”: “aprovecha el momento, porque siempre crees que esto va a durar mucho más y, a lo mejor, se acaba en dos meses. Te está pasando algo maravilloso, así que disfrútalo mucho, porque nunca sabes cuándo se va a volver a repetir”. Muchas veces vas tan rápido, y es inevitable porque es algo que va con la edad, que no te das cuenta.

 

 

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A.C: Para acabar, me gustaría que me contaras la historia que se esconde detrás de ese tatuaje que te has hecho en el brazo.

F.A: Ya sabes que, desde que era muy pequeño, soy muy “Bitelmaníaco”. El actor que me convenció, cuando vivía en Estados Unidos, para presentarme a las pruebas de interpretación, también lo era. Él toca el piano y nos reuníamos en su casa a cantar canciones de los Beatles. Queríamos tatuarnos juntos algo de John Lennon, así que él se tatuó su frase y, cuando me tocaba a mí, me entró el miedo y me rajé. Un día, escuchando Watching the wheels, de Lennon, en un momento muy complicado a nivel personal y profesional, pensé que era hora de saldar mi deuda. Me tatué “puedes ser feliz sin estar en la cresta de la ola y sólo viendo como gira la rueda”, que es un poco lo que dice la canción. Después de un año con esa frase en mi brazo, notaba que el resto de los Beatles estaban un poco celosos y me tatué los BlackBirds de los Beatles.

A.C: Gracias por unas palabras tan sinceras, Fer. Y gracias por el almuerzo. Sin duda, volveré muy pronto a Greener.

 

TEXTO: ÁNGEL CABALLERO

FOTOGRAFÍA: CARLOS DAFONTE

 

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