Julián López: “En el escenario sientes que eres otro, capaz de hacer lo que sea”.

Julián López: “En el escenario sientes que eres otro, capaz de hacer lo que sea”.

La tarde en que nos reunimos con Julián López la tierra tembló, y no hablo en sentido metafórico… El Teatro Cofidís, nuestro punto de encuentro, fue testigo de aquel terremoto, pero lejos de achantarnos nos pusimos a charlar y compartir impresiones sobre cine, teatro y música, el medio para el que se formó y que dejó un poco de lado cuando el mundo de la interpretación le hizo no perder, sino cambiar de norte.

 

Ángel Caballero: Llevas dos años con la función Toda la verdad sobre el oso hormiguero en este teatro, y el público sigue respondiendo y llenando el aforo en cada nueva representación. ¿Tienes ese miedo que sufrimos muchos actores, antes de llegar al teatro, al pensar que no va a venir nadie a vernos hoy?

Julián López: Hombre, siempre tienes la duda antes de venir y piensas eso de “A ver hoy que pasará…”. Te entra esa especie de miedo que te hace pensar que puede que no haya tanta gente, después de tanto tiempo, para seguir viniendo. Estamos muy a gusto en este teatro y es muy bonito ver cómo el público sigue recomendando este espectáculo. Aunque también hay que decir que aquí hacemos sólo hacemos una función al mes. Nosotros preferimos que sea así, porque nos gusta mucho viajar por ahí fuera y así también podemos hacer la obra en otros sitios. Como el mes pasado, que, por ejemplo, estuvimos en Bilbao o en Burgos. Es una obra muy particular, muy nuestra, que nació cuando Raúl Cimas y yo nos juntamos. Porque cada uno teníamos nuestros monólogos, pero queríamos huir un poco de eso y estar juntos en el escenario. Es mejor, porque estas más arropado. Siempre estamos deseando hacer una nueva función con esta obra, porque nos lo pasamos muy bien. Es algo tuyo que defiendes a muerte y yo creo que eso el público lo nota. Y nosotros vemos cómo se lo pasan en grande.

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A.C: Casi todos tus trabajos han sido en comedia. ¿Tienes ganas de probarte a ti mismo y verte en un personaje dramático?

J.L: Me apetece mucho. Como has dicho, para ponerme a prueba e indagar en ese registro. Yo, académicamente, me he formado como músico; pero luego entré en esta profesión, que es algo que nunca imaginé que podría pasar. Entonces, la haces tuya e intentas empaparte de todo, pero no vengo de donde pueden venir otros con una mayor formación, por lo que, en ese aspecto, para mí, sería un gran reto. Y además es que, como espectador, me gusta mucho el drama. Disfruto también con el thriller, el suspense, la comedia… Pero te confieso que me encanta emocionarme, llorar y quedarme tocado con una película. Eso me gusta mucho. Y entonces, claro que pienso: “A mí me gustaría poder hacer algo así alguna vez…”. Tampoco sé si podré o seré capaz, pero sí que me apetece intentarlo.

A.C: Cuando el público te asocia a un determinado género, luego se cruzan contigo por la calle y pretenden que estés como te ven desde el sofá de casa. Imagino que, en tu caso, te exigirán constantemente esa actitud lúdica que tienen tus personajes.

J.L: Sí… Bueno, yo entiendo que a le gente le ocurra esto, pero también pienso que es un poco injusto, porque se crean situaciones de apenas unos segundos en las que alguien te está pidiendo una foto, y de repente te sueltan lo de “Qué serio eres…” o “Pues pensaba que eras más gracioso”. Claro, esto para mí es una injusticia, porque en cinco o seis segundos no puedes conocer a nadie como para hacerte una idea de cómo es esa persona. Es algo que nunca deja de resultarme curioso, porque siempre te dejan el listón altísimo. Y yo no estoy todo el rato pensando en comedia o en hacer reír. Sí me considero una persona divertida, y cuando estoy en confianza con mi gente lo soy, pero luego también soy alguien tímido y pudoroso. Entonces, hay gente que hace el ejercicio de pensar que esto también puede ocurrir, pero otros no.

 

 

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A.C: Eres tímido, pero luego no te cortas en subirte a un escenario delante de seiscientas personas…

J.L: Bueno, hay personas que luego se bajan del escenario y son igual de abiertos con todo el mundo, y hay otros a los que nos ocurre justo lo contrario. Yo lo hago si tengo algo de trato con esa persona o es gente a la que conozco de cerca. Aunque el proceso de subir ahí con tu timidez también es muy bonito. Lo que yo vivo cuando, de repente, notas que te da igual todo y te lanzas así ante la cámara o en el teatro, es una maravilla, porque sientes que eres otro y que ahí se te permite hacer lo que sea. Experimentar esa sensación es fantástico.

A.C: ¿Alguna vez te planteas lo que estará pensando el público que te está viendo?

J.L: No, porque esto te puede hundir o descentrar. Tú tienes que creer en lo que estás haciendo. De lo contrario, ya estás entrando en el juicio que puede hacer éste o el otro, y eso solo nos hace mal en la cabeza. Hay que apostar por lo tuyo y ya está.

A.C: Antes has hablado de tus orígenes. Y es que mucha gente no sabe que tú ibas encaminado a ser profesor de música…

J.L: Sí, pero no llegué a ejercer. Yo estaba en el conservatorio y había hecho magisterio de educación musical, aunque te confieso que tampoco tenía ese alma vocacional por hacer eso. Era algo que hice porque quería buscar algo que estuviera relacionado con la música. Haciendo mis primeros monólogos en Paramount, recordé que, cuando era chavalín, en mi casa siempre estaba escuchando bandas sonoras de cine, y me apuntaba a todas las actividades de teatro del colegio o del instituto. Ahí me di cuenta de que esto era algo que siempre me había gustado, pero al ser de un pueblo pequeñito no tuve esa oportunidad, porque era más fácil apuntarse a una escuela de música que a algo relacionado con la interpretación. Yo seguía en el conservatorio mientras hacía algunas cosas como cómico, porque era algo que tampoco quería dejar, por si acaso. Cuando empecé a salir en Paramount y tal, la gente te iba “fichando”. Y recuerdo que me daba un poco de pudor, porque iba a mis clases de música y la gente me decía: “Oye, te he visto en la tele”. Al principio, quería diferenciar las dos cosas, pero al final las acabé mezclando en un proyecto musical que tenía con unos amigos. Tocábamos, y yo también hacía cosillas de comedia, porque ya había cogido algunas tablas en ese campo. Ahora, es verdad que la música la tengo un poco apartada, porque, por suerte, he tenido bastante trabajo en esto. Podría decirse que soy activamente cómico o actor y pasivamente músico.

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A.C: Es curioso, porque en una de tus primeras apariciones en televisión, en Aída, interpretabas a un vendedor del top manta.

J.L: Es verdad. (Risas) Estaba yo ahí con el personaje, viendo los CDs pirata, y decía: “Esto yo no lo haría nunca”. Además, soy de los que presumen de comprar música, tengo muchos discos (cd´s, cassettes y vinilos) y venero el seguir comprándolos e indagar en tiendas de discos a ver qué rescatas. Es algo que me sigue gustando mucho. Me hace mucha gracia cuando alguien viene a casa y me pregunta: ¿Pero sigues comprando discos?

A.C: También se pueden encontrar muchas rarezas musicales en la red…

J.L: Sí, lo he hecho alguna vez (y he pagado por ello, ¿Eh?). La verdad es que vivimos en una era en la que eso viene muy bien para ciertas cosas, pero a mí me gusta seguir yendo a la tienda y comprar mis discos. Disfruto mucho también descubriendo música nueva. Y, luego, tengo varias etapas… Ahora, por ejemplo, estoy en una en la que escucho mucho jazz de los 50/60.

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A.C: ¿Te has ayudado de la música para crear algún personaje?

J.L: ¡Sí! Cuando estaba haciendo la película Que se mueran los feos, que era la segunda que yo hacía y aún no conocía a mucha gente. Recuerdo que en las comidas estaban por allí Javier Cámara, Carmen Machi, Tristán Ulloa, Juan Diego… Y ellos hablaban de su mundo, del teatro… y, al principio, había momentos en los que me sentía incluso mal, al no poder hablar de estas cosas. Pero luego me di cuenta de que a mí la música también me había enseñado mucho y decidí utilizarlo. Sobre todo en comedia, que se nutre mucho del ritmo, de los sonidos, de las respiraciones, de la musicalidad… Son cosas que me han venido muy bien. Algunos personajes los he creado basándome en la música, incluso, sin ser del todo consciente.

A.C: Uno de tus papeles más recordados es el “hombre asqueroso”, que interpretabas en Muchachada Nui. ¿Qué tipo de música le pondrías a este personaje?

J.L: Es difícil… Porque, además, el hombre asqueroso es alguien muy pulcro, con su traje y tal, pero luego lo escuchas hablar y da mucha cosa… Tendría que ser una música que a mí me espantara. Por esto que te digo de que yo basé el personaje en que te repeliera su sonido al hablar. Lo veo como una música enlatada, de estas de discotecas… que no tiene nada que ver con el tipo de música que yo estudié y que me causa un poco de rechazo.

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A.C: ¿Estarías dispuesto a componer la banda sonora de un futuro proyecto en el que participes como actor?

J.L: Sí, claro que me gustaría. Alguna vez he estado cerca de intervenir como músico, tocando algo concreto o poniendo la voz, pero, al final, o se ha quedado en un segundo plano o no ha cuajado. Hacer la música incidental, digamos, me haría mucha ilusión, pero tendría que ser en un proyecto que me sintiera muy cercano a él o que, a lo mejor, naciera de mí. Todo esto, claro, dejando pasar un tiempo para aprender mucho y poder dar este paso. (Risas)

A.C: Tu primera oportunidad en cine fue con Pagafantas, que era del mismo equipo de guionistas, Borja Cobeaga y Diego San José, que han escrito Ocho apellidos vascos. ¿Qué se siente al empezar con dos personas y ver cómo vuestros caminos, gracias a distintos proyectos, os han llevado tan lejos?

J.L: Mucha ilusión. Creo recordar que a Borja lo conocí en Vitoria, en un festival de cortometrajes. Allí congeniamos muy bien, porque teníamos los mismos referentes en cine y en muchas cosas. Y me decía: “Yo te voy a dar a ti un papel en una película, que tú tienes que hacer cine. Esto es una cosa que los directores solemos decir a las actrices, pero yo te lo voy a decir a ti”. (Risas) En aquel momento me lo tomé un  poco a broma, pero cumplió. Me llamó, me lo propuso y, claro, me hizo mucha ilusión. Luego ya conocí a Diego, que escribía con él. Los dos hacen un gran equipo, porque son muy lúcidos escribiendo, tienen mucho talento y son brillantes, incluso, en las conversaciones que puedas tener con ellos. Es muy disfrutable estar charlando con ellos y ser amigos. Luego llegó No controles y confiaba ciegamente en ellos; porque, además, el personaje de Carlitros me dijeron que estaba pensado para mí. Y recuerdo que, después de haberme leído el guión dos veces, nos seguíamos reuniendo y me decían: “Si quieres cambiar algo de guión…” Pero yo no quería tocarlo, porque estaba todo muy bien escrito. Cuando después me enteré de que estaban escribiendo Ocho apellidos vascos, sabía que iban a ser súper efectistas con lo que tenían que hacer, y así ha sido. Para mí, el guión de esa película es el verdadero secreto de su éxito. También tiene unos actores con muchísimo talento y muchas más cosas, pero el éxito está en el guión.

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A.C: Hace poco leía una entrevista a George Clooney en la que decía: “No hay buena película con un mal guión”. ¿Estás de acuerdo con él?

J.L: Sí. Luego también hay casos, y seguro que todos conocemos alguno, en la que tienes un guión muy bueno y el director, un actor o alguno de los mil factores que intervienen acaban empeorando la película. Pero está claro que si tienes una buena materia prima, muy mal lo tienes que hacer como para que de ahí no salga un producto interesante. Aunque yo también defiendo mucho que, una vez que el personaje te llega, tú también pasas a ser el “dueño” de ese personaje. Yo tengo muchos amigos guionistas y es algo que alguna vez hemos hablado, y les he dicho: “Aquí lo que hay que hacer es entendernos entre todos”. Es cierto que sin el guión no hay nada, pero también hay que entender que una vez que yo tengo ese personaje, al que le voy a poner mi cuerpo, la voz y el alma, también tengo algo que ver en todo esto. Llegados a ese punto, ya tiene que haber un poco de custodia compartida. (Risas)

A.C: Jugando un poco con el título de la película que estrenas este viernes, PERDIENDO EL NORTE, y teniendo en cuenta que llegaste a este mundillo de forma un poco “casual”, no puedo evitar preguntarte… ¿Consideras que perdiste tu norte o que lo encontraste?

J.L: Yo quiero pensar que encontré mi norte y que cogí a tiempo ese tren. Es una buena pregunta, porque es algo en lo que yo he pensado mucho. En su momento, cuando acabé la universidad, estaba trabajando eventualmente en mi pueblo. pero ya había conocido a mis compañeros de La hora chanante, y veía que algo se estaba gestando. Entonces, me busqué como el truco de venirme a Madrid para continuar con mis estudios de música, y, una vez aquí, indagar un poco más en todo el mundo de la comedia, con la excusa esa de “Bueno, si me llaman para hacer algún sketch, ya lo puedo hacer mejor, porque al estar viviendo allí…”. Si no salía, pues me volvía y no pasaba nada… Pero es cierto que yo confiaba en que algo podía ocurrir y no me quería quedar con esa duda. Cuando miro atrás pienso que, si no hubiera hecho eso, obviamente, yo ahora sería una persona distinta, porque el salir fuera, conocer a mil personas y vivir todas estas experiencias te enriquece mucho. Sólo espero seguir con la brújula bien encaminada.

A.C: En esta película te vuelves a poner a las órdenes de Nacho G. Velilla, con el que ya has trabajado en otras ocasiones. Siempre es más fácil, y reconfortante, rodar con un director que conoces y que sabes que confía en ti…

J.L: Sí, por supuesto. Con Nacho he trabajado en series como Los Quien, Fenómenos o en la película Que se mueran los feos, de la que hablábamos antes. Además, él y yo nos entendemos muy bien a la hora de buscar la meta. Le estoy muy agradecido, porque me hace ilusión que vuelva a confiar en mí tan ciegamente.

A.C: Esta película transmite tanto buen rollo, que me da la impresión de que lo habéis tenido que pasar en grande rodándola.

J.L: Sí. La verdad es las tramas principales son de gente de edades muy parecidas, como es el caso de Yon González y Blanca Suárez. Luego también hay intervenciones de José Sacristán, Javier Cámara y Carmen Machi, que son de las que en los créditos pone eso de “con la colaboración especial…” y no salen tanto como salimos el resto, pero el tiempo que estuvimos con ellos lo pasamos muy bien. Y lo mismo en las escenas con los, digamos, más jóvenes de la peli. Se creaba muy buena sintonía, nos divertíamos mucho y había ese buen rollo que se ve en la película. Eso también es algo esencial en todos los trabajos, pero, sobre todo, en comedia. El buen ambiente para este género es indispensable, porque estás trabajando con situaciones en las que la meta es hacer reír.

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A.C: Habéis rodado en Berlín.  ¿Cómo ha sido esta experiencia?

J.L: Bueno, para el equipo de producción fue un poco más complicado, porque tenían que gestionar varias cosas, ya que uno de los momentos importantes de la película sucede durante la maratón de Berlín. Entonces, hubo escenas que se rodaron en la propia maratón, pero meses antes de hacer la película. Hay cosas que también se hicieron en Madrid… Para mí, además, era la primera vez que viajaba a Berlín y, como músico, puedes imaginarte lo que fue aquello. Me inflé a comprar discos, a ir a los ensayos de la filarmónica… Fue un rodaje muy especial. ¡Y me puse fino a kebabs! (Risas)

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A.C: ¿Tienes ya ensayada la respuesta a la pregunta que te van a hacer todos los medios estos días?

J.L: ¿Cuál?

A.C: ¿Por qué la gente tiene que ir a ver Perdiendo el norte?

J.L: Pues fíjate, no me siento tan en la “obligación” de venderla, porque venimos de un año muy bueno para el cine español, en el que la gente parece que ha decidido confiar un poco más en nosotros. Así que, por un  lado, confío en esa inercia, pero es que, además, también es una comedia muy tierna y muy divertida. Recupera ese espíritu que tuvo Que se mueran los feos, que dejaba un poso muy bonito. Creo que las películas ganan mucho cuando te están haciendo reír, te están entreteniendo, pero, además, te cuentan un poco de lo que está sucediendo en esta época. Que en este caso es la gente que está teniendo que emigrar a otros países a buscarse la vida, por la razones que ya todos conocemos. Con todos estos elementos, yo creo que es algo que merece la pena ver.

A.C: A mí ya me has convencido y no pienso perdérmela. Julián, ha sido un placer charlar contigo. Gracias por compartir esta tarde y nos vemos en los cines con Perdiendo el norte y en el teatro Cofidís con Toda la verdad sobre el oso hormiguero.

 

 TEXTO: ÁNGEL CABALLERO

FOTOGRAFÍA: MOISÉS FDEZ ACOSTA

AGRADECIMIENTOS: MARTA SIMÓN, PALOMA JUANES, NACHO FANDIÑO, TEATRO COFIDÍS

 

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