Paloma San Basilio: “Hay que ser muy fuerte para dedicarte a esta profesión”

Paloma San Basilio: “Hay que ser muy fuerte para dedicarte a esta profesión”

 

Al igual que en cierto anuncio de turrón, al que una vez puso la música, me recibió en su casa por Navidad. Se mostraba cariñosa y cercana, al igual que en otras ocasiones en las que habíamos coincidido. Poder hablar con alguien que ha conseguido, a base de un buen hacer y profesionalidad, algo tan difícil como mantenerse cuarenta años sobre un escenario es, como poco, interesante. Si esa persona es Paloma San Basilio, la experiencia se convierte en un viaje maravilloso…

 

Ángel Caballero: Documentándome para esta entrevista, he podido ver una de tus primeras apariciones en televisión, en un programa de Valerio Lazarov, en el que te presentabas con una canción que decía: “Déjenme cantar, mejor que contar mi vida…”. Curiosamente, ahora dejas de cantar y te has decidido a contar tu vida en un libro de memorias que lleva por título La niña que bailaba bajo la lluvia.

Paloma San Basilio: Sí, aquel especial se hizo porque Valerio oyó mi primer disco, le gustó mucho mi voz y, como él era como era y hacía lo que le daba la gana, dijo: “Yo quiero hacer un especial con esta señora”. En televisión española alucinaban, porque esos especiales solo se hacían con grandes estrellas de ese momento, como Raffaella Carrá o Raphael, y yo era una advenediza que acababa de llegar. Fue muy bonito, porque él lo enfocó como diciendo: “Vamos a presentarte”. Porque, claro, la gente, más o menos, me conocía, porque había hecho televisión antes, pero no tenía una idea muy clara de quién era yo. Me compusieron esa canción con la que empezaba el programa, que era como una declaración de principios (Comienza a cantar bajito, recordando la canción: “me dijeron que nací en noviembre, un veintidós en un Madrid lluvioso… bajo el signo de escorpión…”) y aquello fue la introducción de lo que acabaría siendo, durante muchísimos años, mi carrera. Y tienes razón en lo que dices: ahora es como que te conviertes en una narradora en primera persona de tus emociones, tus experiencias, tus avatares… Es un ejercicio muy interesante, muy sano y muy reflexivo.

 

 

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A.C: Te tengo que confesar que me ha gustado mucho el libro, porque es muy alentador encontrar a alguien con una trayectoria tan importante como la tuya y descubrir que los comienzos para ti tampoco fueron fáciles, y que si luchas y trabajas duro es muy probable que, al final, obtengas recompensa.

P.S.B: Me gusta que me digas eso, porque la filosofía que yo quería transmitir era esa. Por eso también quería esa portada… luminosa, con una foto hecha en mi mar de Zahara, y con vida, porque nunca quise que fuese en un espacio oscuro. El libro tiene momentos duros, momentos difíciles, momentos de reflexión, momentos de desánimo (que plasmo, además, de una manera muy visceral)… Pero, sobre todo, es una especie de índice para decir: “No pasa nada, yo voy a seguir… El tiempo no es un impedimento y nadie te puede cortar las alas”. Para mí, ése es el espíritu del libro, que es un poco mi espíritu. El no tirar la toalla nunca, el tener siempre a mano un recurso que te sirva para que cuando tengas que salir de una situación puedas entrar en otra… Y eso es algo que generas tú. También creo que es un libro de valentía, porque, mirando para atrás, me doy cuenta de que he sido bastante valiente. Sin querer, entré en un mundo desconocido sin saber cuáles eran las reglas de ese juego… y, a pesar de todo, me metí y seguí avanzando. Cuando encontré dificultades, las superé y salí como las cigüeñas, con las patitas lo menos manchadas posible. Esto es algo que es como un decálogo de vida: tienes que seguir, tienes que mantener tu dignidad y siempre tienes que seguir siendo tú mismo y no permitir que nadie te cambie.

A.C: Puede que un buen ejemplo de esa valentía, quizá inconsciente, sean aquellos primeros conciertos en los que llegabais a cantar en dos pueblos distintos en una misma noche, yendo a toda prisa en coche de un sitio a otro. Algunos artistas, como Cecilia o Nino Bravo, tuvieron accidentes en circunstancias similares… ¿No te daba miedo que te pudiera ocurrir algo así?

P.S.B: No. En aquel momento lo veía como una oportunidad, como un tren que pasaba por mi vida del que no me pensaba bajar. Iba a subir y pararme en todas las estaciones que tuviera que pararme, pero me quedaría en ese tren. Tampoco había otra manera de hacerlo… o lo hacías así, o no hacías nada. Había y sigue habiendo accidentes, en la carretera o en muchos sitios, pero es tu trabajo y tienes que asumirlo. Es un riesgo que corres… Eran unos tiempos en los que había muchísimo trabajo, pero de muy mala calidad. Entonces, tú tenías que cantar encima de donde te pusieran. Fíjate, yo fui de las primeras que empezó a llevar un cañón a los espectáculos, y no sabes cómo me miraron cuando lo pedí. Algo tan simple como un cañón para que te vieran… Y, bueno, lo de que salieran humos y los bailarines, ni te cuento. Pero es que, además, yo siempre cantaba en vivo y en directo, mientras bailaba y me daban volteretas… Recuerdo que decía: “Es que más cosas no se pueden hacer” (Risas). Pero aquello era mi manera de ganarme un sitio, mi manera de que me respetasen. Y lo que siempre he tenido muy claro es que quería estar rodeada de gente bastante sana. Por ejemplo, en mi gremio es muy común salir después e ir a tomar una copa… Yo tenía algo que, para mí, era vital, una niña esperándome en casa. Entonces, a mí eso me marcó muchísimo el camino. No me podía quedar tomando copas, yo no podía fumar porros o hacer otras cosas que mucha gente hacía porque era tremendamente responsable del lugar en el que estaba parada y el objetivo que  tenía. Me preguntabas por el coche… Yo siempre iba muy despierta, porque, durante mucho tiempo, el conductor también era uno de los músicos que venía de trabajar en la actuación. Y, claro, si esa noche te quedabas en un hotel, al final, era menos dinero que llevabas a casa. Y no solo por el dinero, sino que también regresaba porque quería que cuando Ivana, mi hija, se levantase, su madre estuviera en casa… Aunque estuviese dormida y hecha polvo, pero que, al menos, tuviese a su madre al lado.

 

 

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A.C: La gente va al teatro o a un concierto, se sienta en el patio de butacas y, muchas veces, ve un espectáculo que no tiene nada que ver con lo que está ocurriendo detrás o con cómo tú te sientes realmente.

P.S.B: Es cierto. Son muchas cosas, muchas dificultades para llegar ahí… Pero cuando tú sales al escenario, consigues que todas esas dificultades desaparezcan. Tienes que convencer a esas personas que tienes delante de que lo que están viendo es así, aunque tú realmente sepas que está ocurriendo algo que no va como tiene que ir. Y, de pronto, hay una escena en la que el decorado no se mueve y tienes que seguir como si se hubiera movido…

A.C: Curiosamente, esas son las funciones que luego recuerdas con más cariño…

P.S.B: Claro, porque eso es una maravilla. Es la magia autentica del teatro. A mí lo que me prende absolutamente del teatro es la capacidad de crear el todo en la nada. Cuando estás haciendo una película, o un programa, puedes parar y cortar, pero ahí es que, muchas veces, no hay nada más que un ser humano con palabras, silencios, emociones y gestos. Y eso es mágico, irrepetible y auténtico. Sales a escena y da igual que hayas estado enfermo, si has llegado por los pelos, si el sonido no funciona… todo eso, a veces, ni se nota, porque es que, además, no tiene ninguna importancia. Estas cosas son como nuestro making off de todo lo que hay detrás y que la gente no ve. Las batallas con las productoras, con los empresarios en distintos países, cuando quieres mantener un nivel de calidad y llegas ahí y resulta que faltan la mitad de las cosas y tienes un equipo que tiene que intentar suplir todo lo que no tiene… Por no hablar de lo que hay entre escenario y escenario: los ensayos, las batallas con la compañía de discos, las incomprensiones, los actos de rebeldía que tienes que tener, porque si no eres un poco rebelde, es que te comen con patatas. Hay tantas cosas detrás…

 

 

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A.C: Después de descubrir, por tu libro, este tipo de cosas, las que hay detrás de cada disco, de cada concierto (algunas muy duras, como el fallecimiento de tu madre el día del estreno de Evita, o que estrenasteis El hombre de la mancha sin poder hacer un solo ensayo general…) Me da la impresión de que te has convertido en toda una experta en ese famoso The show must go on.

P.S.B: Sí, totalmente. Con los años, te vas haciendo un hueco, te haces respetar y ya las cosas son distintas, pero al principio no te queda otra que luchar contra los elementos. Hay momentos en los que lo único que quieres es que te dejen en paz… En Evita tenía que hacer once funciones a la semana, y ya bastante era interpretar ese personaje once veces, que era como algo que parecía que decían: “A ver, ¿qué es lo más difícil que podemos ponerle a esta cría…? Venga, pues un poco más”. Y yo lo hacía, y era un precio muy alto el que pagaba. Además, con gente alrededor deseando que me quedara afónica, que me torciese un pie o que me pasase algo… Y tú luchando contra todo eso y con tu familia y con tu hija. Hay que ser muy fuerte para dedicarte a esta profesión, aunque luego también somos muy frágiles, porque después, en cualquier momento, nos venimos abajo.

A.C: Creo que a los actores y a los cantantes nos ocurre algo parecido. Cuando el público te ve haciendo una cosa determinada que les gusta, luego no quieren verte haciendo algo distinto, por muy bien que lo hagas.

P.S.B: Sí… Por eso, ahora, me he vengado con esta especie de disco homenaje que me ha hecho Warner (Las canciones de mi vida) que acaba de salir. Hay dos cds, y el segundo disco, que son veinte temas, son mis canciones elegidas y ahí nadie ha metido la mano. Ahí están Hay gente, La mariposa, Al este del edén, Oriente Express o Las gafas de Lennon. Porque es lo que dices tú, ahora miras hacia atrás y ves ese disco que parecía que no habías vendido nada, porque estaban acostumbrados a que vendieras más y dices: “Quien los ha visto y quién los ve… “. En estos tiempos, se habrían dado con un canto en los dientes con una venta como alguna de aquellas.

 

 

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A.C: Tienes más de treinta álbumes. ¿Cuáles son tus trabajos favoritos?

P.S.B: Al este del edén, Perlas, Invierno Sur y Amolap, que me parece una maravilla. Por ejemplo, con este disco por el que nadie apostaba, resulta que no solo se recuperaron los adelantos, sino que entró entre los veinte primeros discos más vendidos. Pero es que yo creo que uno tiene que apostar y arriesgar, y no puedes tener miedo. Tú imagínate lo que fue cuando saqué Amolap… Me dijeron de todo, pero me encantó, porque unos me ponían verde y otros decían que era lo más maravilloso que había. Todavía el otro día me decían: “Es que la versión de ese disco de Por qué me abandonaste es impresionante”. Yo me expongo a la opinión y a lo que ellos digan, pero a mí no me va a frenar nadie. Porque alguien piense que qué hace una señora de sesenta y tantos haciendo un disco como ese, yo no voy a dejar de hacerlo. Eso sería traicionarme a mí y traicionar a la gente que lleva creyendo en mí tantos años, precisamente, porque de vez en cuando hago plaf y arriesgo. Eso es lo que hace que un artista esté vivo y vigente, y que no sea una especie de repetición de sí mismo en estado fósil de como eras cuando tenías treinta años.

A.C: En el escenario, siempre que te piden canciones, te paras y, aunque ese tema no esté en el repertorio, lo cantas, y a capela si hace falta. Me parece un gran gesto de generosidad con tu público…

P.S.B: Sí, lo hago siempre, porque yo estoy ahí para que seamos felices y para compartir. También te confieso que, muchas veces, me piden canciones de las que no me acuerdo de la letra… (Risas). Lo que pasa es que la gente ya me conoce y se ríe, porque también me invento las letras… Me ha pasado más de una vez, que me han pedido una canción y he tenido que decirle: “¿Y esa cómo era?”. Y, al final, el que la ha pedido es quien me ha terminado cantando la canción (Risas). Pero vamos, yo creo que esto es un acto de complicidad y generosidad, porque he recibido mucho durante muchos años. Son muchos años con toda esa gente a mi lado soportando una carrera, porque si no tienes a nadie tú no puedes estar cuarenta años en una profesión. Eso está claro y es algo que tengo que agradecer constantemente. No me puedo ir de un escenario con la sensación de haber dejado alguien pensando “¿Por qué no me habrá cantado esto, aunque sea un trocito?”.

A.C: También creo que es evidente, al verte sobre el escenario, que te gusta improvisar.

P.S.B: Sí, me gusta mucho. De hecho, casi siempre canto de una manera distinta cada día. Creo que eso es lo que da vida a las cosas y lo que hace que tú también hagas un ejercicio de expresión y de emoción distinto en cada concierto.

A.C: Imagino que en la prueba que hiciste con Ken Russell para la película de Evita no improvisaste.

P.S.B: No, ahí no podía (Risas). Bueno, un poco sí que improvisé, porque cuando me pidió que cantase en español pues, lógicamente, le hice una interpretación distinta a la que le había hecho en inglés. El que improvisó fue él cuando me pidió que me quitara la nariz postiza que llevaba, hasta ese momento, cuando hacía de Evita. Me liberó de esa cosa pesada que tenía puesta ahí. (Risas)

 

 

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A.C: ¿Alguna vez te has arrepentido de no haber hecho algo? Como cuando te ofrecieron hacer El hombre de La Mancha en Broadway…

P.S.B: En ese sentido, no soy de machacarme mucho la cabeza. He dicho que no a Broadway, a una gira americana que me habían propuesto, anteriormente, de Evita… La verdad es que en cada momento he hecho lo que sentía que tenía que hacer. Luego, con el tiempo, lo piensas y dices: “A lo mejor tenía que haber cortado todas las giras y todo lo que tenía cerrado y haberme ido a Broadway, aunque fuesen quince días”… Pero en ese momento, con tan poco tiempo para prepararlo, pensé que no era la forma. Yo siempre he sido demasiado purista y demasiado exigente. Era una sensación, un poco, de “apagafuegos”, porque se les caía el montaje y querían que me lo aprendiese en quince días y fuese, en cierto modo, a salvarlo. Y también es cierto que la propuesta que me hicieron no es la que yo esperaba. Nuestro hombre de la mancha fue mucho más bonito.

A.C: Pero, como hemos adelantado antes, en menudas condiciones lo estrenasteis… Sin un ensayo general. ¿Cómo se estrena un montaje de ese calibre sin probar mil cosas antes?

P.S.B: Pues eso decía yo también, y por eso hice lo que hice. También es algo que siempre me ha caracterizado un poco… Yo me plantaba, decía: “De aquí no paso” y me ponía a todo el mundo en contra. Aunque, en esta ocasión, tenía a Pepe Sacristán a mi lado, que me apoyaba. Yo llevaba muchos años en esto y no podía engañar al público, así que les dijimos que lo que iban a ver no era un estreno, sino un ensayo con público. Por suerte, todo salió bien y nadie se sintió defraudado, ni pidió que le devolviesen el dinero de la entrada.

 

 

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A.C: Sabes que tienes parte de culpa en que la Gran Vía de Madrid sea ahora lo que es, y haya acogido a grandes musicales.

P.S.B: Sí. Precisamente, de no hacer El hombre de la mancha en Broadway aparece la idea en mi cabeza; y viene Luis Ramírez, el productor, que también era un soñador y, de pronto, aquello se convierte en una realidad. Cuando esa Gran Vía empieza a revivir, cuando ese precioso Teatro Lope De Vega empieza a resucitar, a embellecerse, a engalanarse y a llenarse de gente… Yo creo que ese fue el detonante que hizo que la Gran Vía sea ahora mismo lo que es.

A.C: Por la cantidad de sitios que me has señalado en la bola (FOTO), veo que te has recorrido medio mundo cantando. En el escenario, puedes estar delante de mil personas y llegar a sentirte muy sola. ¿Te ha llegado a suceder esto?

P.S.B: No, casi nunca. Hay veces que no tienes un concierto afortunado… pero no. En el escenario nunca me encuentro sola. También hay que tener en cuenta que cada canción es una historia y yo vivo en ellas… Me puedo encontrar, a veces, más triste, pero el escenario me permite volcar mucho mis estados de ánimo y, precisamente por eso, cada concierto es diferente. Pero no hay momentos de soledad. Donde sí los hay es después, en los hoteles. Cuando llegas por la noche a un hotel, te encuentras sola y empiezas a echar de menos a tu gente. Ese momento es muy duro para muchos artistas y algunos lo llevan muy mal. Yo lo que hago es que me libero de todo, me limpio mi cara, me pongo el pijama, leo un poco en el Ipad y me duermo.

 

 

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A.C: Se habla mucho de la Paloma San Basilio diva, de hecho es el nombre de uno de tus discos. Pero después de haber coincidido contigo en algunas ocasiones y leer tu libro de memorias… Me da la impresión de que no tienes mucho de eso.

P.S.B: Sí, yo creo que eso es una leyenda… (Risas). Y, realmente, ese título fue más una propuesta de la compañía de discos. Lo que sí tengo claro es que el concepto de “divismo” es el concepto clásico… Una diva es alguien que está en un escenario, haciendo un trabajo que no hacen otros. Algo así como una excelencia vocal o musical… En ese sentido, a lo mejor sí, por mi tesitura, por las cosas que he hecho o por mi nivel de exigencia escénica… Creo que ése es un punto de divismo que me parece bonito, pero el divismo extra escénico de la persona insoportable, que exige miles de cosas, que no quiere que la toquen… A mí eso me horroriza. Me parece que es un problema psiquiátrico. Yo estoy muy lejos de esto, porque además es que vivir con eso debe ser horrible. Tú tienes que ir por el mundo como cualquier otra persona. Haces un trabajo que, a lo mejor, es distinto y que a la gente le puede gustar y te pueden admirar, pero eso no significa que tengas que convertirte en una especie de mecano prefabricado insoportable.

A.C: Has conocido a gente muy importante, como a Dionne Warwick, a la que admirabas. ¿Era mejor cuando los veías desde el salón de casa por televisión y te hacías una idea de cómo podían ser o cuando los has tenido delante?

P.S.B: Es que yo he admirado a mucha gente, pero nunca he sido mitómana. Siempre he admirado las cualidades, el talento… El talento es lo que a mí me subyuga y me conmociona. He conocido a gente más estrafalaria o sofisticada, como puede ser Salvador Dalí… Pero yo fui a ver a Dionne Warwick y estaba tan normal, con su bata blanca, como lo puedo estar yo con mi bata cuando estoy en un camerino. Nunca me han decepcionado… Imagino que lo hubieran hecho si esa persona hubiese sido déspota o desagradable, pero no he encontrado a alguien que admirase y que luego me diese una cara que me produjese rechazo. Lo que sí me ocurre mucho es que si admiro a alguien, pero como persona no me gusta, esa admiración se resiente y pienso: “Serás buenísimo haciendo esto, pero no me interesas”.

A.C: Pero sí me reconocerás que hay un punto de nerviosismo antes de ponerte delante de algún personaje como los que hemos nombrado.

P.S.B: Hay un puntito de emoción, claro… Cuando te encuentras con Aretha Franklin y dices: “Es que esto es mucho…”. Con la cantidad de veces que yo he cantado I say a Little player for you y, de pronto, te la encuentras ahí en vivo y en directo… Es inevitable emocionarse. Y a mí me gusta transmitir esa emoción, porque creo que uno es mejor cuando admira y creo eso a la otra persona también la alimenta. A mí, cuando alguien se me acerca y me dice cosas bonitas, es como un regalo, porque, al final, nunca acabas de creértelo del todo. Nunca estás convencido al cien por cien de que tú merezcas esto.

 

 

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A.C: Esa emoción también te puede jugar una mala pasada. Recuerdo una ocasión, en la que yo actuaba en el en el mismo teatro donde tu cantabas el día anterior, fui a verte y te felicité por Amolap, que acababa de salir y, de verdad, me había gustado mucho, pero, sin darme cuenta no paraba de llamarlo Amapolap. Tú no me dijiste nada y luego vino Aaron Cobos (uno de los actores que la acompañan en su gira Hasta siempre y buen amigo) y me dijo: “Pero si el disco se llama Amolap” (Risas).

P.S.B: Tú no te preocupes por eso, porque Amolap no se lo consiguió aprender nadie. (Risas) También había gente que lo llamaba Amalop, Alopan… Bueno, no sabes la cantidad de nombres distintos que le pusieron. Fue un título que se me ocurrió en un avión dándole la vuelta a mi nombre. Y fue dicho y hecho, porque no te creas que me lo pienso mucho… (Risas) Cuando vi lo de Amolap escrito me gustó y dije: “Por ahí vamos a ir”.

A.C: Tengo entendido que originalmente se iba a titular Universo.

P.S.B: Sí, ese era un concepto anterior. Incluso, tengo por ahí el diseño y todo de Universo, que era como unos ojos en medio de una galaxia. Era muy bonito, pero era para hacer algo, aunque también con música electrónica, pero un poco más chill out. Luego ya la cosa cambió.

A.C: Estos días he estado hablando con algunos amigos y compañeros actores que han trabajado contigo en musicales, como My fair lady o Víctor o Victoria. Todos coinciden en lo mucho que han aprendido de ti y el buen recuerdo que guardan de aquellos trabajos. ¿Qué sientes cuando ves a las nuevas generaciones para las que, directa o indirectamente, has sido un referente?

P.S.B: A mi estas cosas me producen muchísima ternura. Hace poco, por ejemplo, estuve haciendo un ensayo para la gala aniversario de Stage. Cuando llegué allí me encontré con muchísima gente, algunos que conocía y otros que no, pero ver la cara que me ponían, o un bailarín que me tenía que ayudar a bajar las escaleras y me dijo: “Para mí, es un honor darle la mano…” Eso me emocionó mucho. Es que es muy fuerte y a mí, que se me saltan las lágrimas con una facilidad pasmosa… Y piensas: “Pero si yo lo único que he hecho ha sido intentar hacer las cosas de la mejor manera posible…”. Cuando ves esa admiración, que tú hayas producido eso en alguien, y que esa persona pueda llegar a sentir ese cariño… Me parece algo tan inmerecido por una parte, pero tan gratificante y tan bonito por otra…

 

 

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A.C: Hubo un momento en el que se habló mucho de la posibilidad de que protagonizaras el musical Sunset Boulevard.

P.S.B: Sí, pero ese proyecto se fue al garete, porque el problema que hay ahora con las grandes producciones musicales es que casi siempre están viniendo de la mano de Stage, y ellos tienen sus circuitos con sus musicales. Claro, es mucho más difícil ahora introducir un elemento nuevo, como hicimos con Víctor o Victoria o con la gira de My fair lady, porque son producciones nuestras que luego ellos nos distribuyen. Ellos no creían mucho en este proyecto y, al no tenerlo concebido como circuito, era una inversión brutal, porque, además, Sunset es un musical carísimo. Entonces se desechó.

A.C: A mí me dio mucha pena, porque creo que habría sido un cierre maravilloso a tu etapa en el musical. Aunque, como tantas otras casualidades que te han llevado tan lejos (como, por ejemplo, el inesperado éxito de Juntos), espero que esta oportunidad se vuelva a cruzar en tu vida.

P.S.B: Es que las casualidades te llegan cuando menos te lo esperas; te caen en la mano y lo que tienes que hacer es saber qué hacer con ellas. A veces, es mejor dejarte llevar, no empecinarte en algo y mirar a todas partes, como cuando haces un viaje. Y así verás como aparece algo que estaba para ti y que tú ni siquiera habías notado. Eso me ha pasado muchísimas veces en mi vida. Y lo de Juntos es que… cómo vas a pensar tú, que sales de un estudio de grabación llorando y enfadadísima y un día, cuando menos te lo esperas, te llaman para decirte que es tu primer número uno. Y te entra la risa… No siempre hay una coincidencia de intenciones con los que acaban siendo los resultados, pero hay que ser humilde y aceptarlo.

 

 

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A.C: Paloma, ¿Le has pedido algo a Papá Noel y, en general, a esta navidad?

P.S.B: Yo pido menos violencia de género, porque es horrible lo que está pasando. Y que dejen a los niños en paz. Pido más alimentos, pido que la gente se movilice más en torno a todo el tema de los refugiados… Yo colaboro con ACNUR, porque me parece que hacen una labor impresionante. No podemos estar a gusto en un mundo donde hay tantas desigualdades y tanta gente que lo está pasando tan mal. Y para mí, a nivel más pequeño, quiero la felicidad, la paz y el amor para mi familia y mis amigos.

A.C: Y que te traigan mucha suerte con esa novela que estás escribiendo, ¿no?

P.S.B: Ojalá, porque me ha gustado esta experiencia y sí, seguiré escribiendo… Seguiré con mi historia y a ver si soy capaz de sacarla adelante.

A.C: Gracias, Paloma. Gracias por compartir estas palabras conmigo y con toda la gente que nos sigue cada semana. Te deseo una feliz Navidad y que esas cosas pides, ojalá, se hagan realidad.

 

TEXTO: ÁNGEL CABALLERO

FOTOGRAFÍA: MOISÉS FDEZ ACOSTA

AGRADECIMIENTOS: AARON COBOS, DANIEL MEJIAS, DEBORA CARIDE.

 

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